Bajo el formato de antología, el film de Cristian Ponce continúa el camino iniciado con una serie que escapa a la homogeneización del género.
Por Diego Brodersen
LA FRECUENCIA KIRLIAN – 7 puntos (Argentina/España/México, 2025)
Dirección: Cristian Ponce
Guion: Hernán Bengoa y Cristian Ponce.
Duración:93 minutos.
Intérpretes: Adriana Ferrer, Luciano Guglielmino, Lucía Arreche, Germán Baudino, Nicolás Van De Moortele, Nicolás Pérez.
Estreno en salas de cine.
Primero fue la serie animada, que generó un buen caudal de espectadores fieles durante sus únicas dos temporadas, pasando de plataformas como Youtube y Vimeo al catálogo de Netflix. Ahora, de manera casi inevitable, su principal creador, el realizador Cristian Ponce (el mismo de Historia de lo oculto) retoma las riendas para la versión cinematográfica, a la vez homenaje y revitalización de los films de terror sobrenatural de antología. En otras palabras, esos largometrajes integrados por varios relatos independientes o semi independientes que tienen como una de sus piedras basales al clásico británico de 1945 Al morir la noche.
Aquí son cinco las historias enmarcadas por un espacio que hace las veces de disparador para las narraciones, más un sexto relato que cierra la película saliendo del lugar en cuestión, una emisora radial donde se emite el programa LA FRECUENCIA KIRLIAN. El mismo de la serie, aunque con diferencias, ya que ahora cada relato animado es presentado por actores de carne y hueso.
El año es 1987, bautizado en la ficción como “el año del cometa”. Pero no se trata del famoso Halley, que pasó cerca de nuestro planeta un año antes, sino de otro objeto celeste, destinado a hacer desaparecer del mapa al perdido pueblo bonaerense de Ingeniero Kirlian. El conductor de la emisión, un hombre de apariencia deforme que utiliza una máscara con forma de calavera (los fans de la serie lo reconocerán de inmediato), anuncia la visita de una serie de entrevistados, comenzando por la directora de la escuela local. Ella recuerda y relata el caso de una estudiante que, luego de hallar unas revistas eróticas en alemán con extrañas fotografías (alerta Lovecraft a la vista), comienza a sentir que alguien o algo la sigue.
Como si se tratara de un juego de cajas chinas, el tercer nivel del relato comienza a introducir el elemento fantástico, en un lugar, Kirlian, que parece condenado a vivir toda clase de horrores. Como una suerte de Triángulo de las Bermudas donde la normalidad debe convivir con espectros, lobizones, seres extraterrestres, brujas y otros monstruos de difícil descripción.
Por la radio pasan, además de la docente, un empresario de la construcción, una joven militante, un hombre llegado desde afuera de Kirlian y hasta el dueño de la otra radio existente en el pueblo, todos ellos contadores de historias tenebrosas, algunas más terribles que otras. El cuento de la chica, por caso, transcurre unos diez o doce años antes de 1987, durante los años de plomo de la dictadura, y en su relato –que vuelve a las influencias de títulos como Los Goonies y otros clásicos de la aventura juvenil ochentosa, hoy rediviva– queda flotando como moraleja la posibilidad de que el ser humano sea más monstruoso que cualquier criatura fantástica. Algunas de las historias funcionan mejor que otras, como suele ser el caso en todo film ómnibus, pero es de destacar el diseño de los trazos y la animación, muy alejados de la homogeneización del dibujo animado de ambiciones masivas.
Los guiños tonales a los años 80 no son pocos, desde la utilización de los colores primarios a la música incidental con teclados que emulan el timbre característico de muchas bandas sonoras de aquellos años. El trabajo de postproducción de imagen, frondoso y para nada naturalista, parece guiñarle el ojo a títulos del pasado, pero también a otro exégeta del término pastiche como Panos Cosmatos, el director de Mandy. Difícil saber si La frecuencia Kirlian, la película, ampliará el grupo de espectadores de la franquicia o simplemente complacerá a sus seguidores, pero en su regurgitación de tópicos y lugares comunes del género hay lugar para el interés e incluso alguna que otra sorpresa por fuera de su nicho natural.






